Abrí los ojos y no supe dónde estaba. Peor aún, no recordaba quién era. Me erguí y vi a tres personas de rasgos asiáticos, que me miraban con cara de miedo. Vi que estábamos en una barca, y que chispeaba ligeramente. Aparentaban ser un familia: un adulto, que era quien estaba remando, su mujer y su hija. Me miré las manos y vi unos guantes; el resto de mi cuerpo estaba cubierto por un impermeable.
-¿Dónde estamos? -pregunté en inglés.
-En Corea del Norte -contestó el hombre-. Trató de seguir hablando en inglés, pero no debía de saber mucho y se pasó al coreano, así que aparte de que mencionó a un hombre negro no entendí nada más. El coreano tenía algo de familiar, pero no lo entendía, así que dejé de escuchar.
Como estaba en la proa de la barca, me giré para ver adónde estábamos yendo. Vi a lo lejos unos barcos y muchas luces. ¿Estábamos cruzando la frontera?
El tiempo que trancurrió hasta que llegamos hacia los barcos lo utilicé para tratar de recordar más datos sobre mí, aunque sin ningún efecto. Sólo conseguí recordar un paracaídas y una zanfoña, pero esas imágenes no significaban nada para mí.
En cuanto llegamos a donde estaba la guardia costera, dos hombres se lanzaron sobre mí, como si me estuvieran esperando. Un tercero se acercó y, al verme, vino también corriendo. Dejaron continuar a la familia y a mi me metieron en un camarote de uno de los barcos, atado de pies y manos.
Pronto vino otro coreano, que a todos luces era el jefe de los tres. Me preguntó algo, muy enfadado, pero no lo entendí porque hablaba en coreano. Me abofeteó varias veces. Le grité que no hablaba coreano, y de paso que no sabía por que me estaban pegando ni qué estaba haciendo en Corea.
Resumiré las horas que siguieron a eso diciendo que conocí los más selectos métodos de tortura coreanos. Cuando, pasada la insoportable agonía, se convencieron a sí mismos de que yo, en efecto, no sabía nada (lo cual no podía ser más cierto), se quedaron de pie frente a mí.
-¿En serio crees que no tiene nada que ver con la misión? -le preguntó uno de ellos al otro.
-Si supiera algo habría hablado -contestó.
-Pero, ¿cuántos como él crees que hay en toda Corea? ¿Tenemos que creernos que es casualidad que haya pasado por aquí?
El otro no parecía del todo seguro, pero pese a ello la prueba de la tortura debió de ser el argumento definitivo. Yo, desde luego, habría contado todo, si hubiera sabido cualquier cosa.
Así que me metieron en la próxima barca de pescadores que pasó por allí. Los pescadores -otra familia- acató la orden del ejército norcoreano, como es natural. Me miraron con miedo durante todo el trayecto. No quise decir nada, para no empeorar las cosas. Al final, llegamos a la costa, y me separé de ellos.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no recordaba nada? En cualquier caso, una parte de mi se alegraba de no recordar nada, pues de otro modo hubiera sufrido más rato con los torturadores. Me di cuenta en ese momento de lo hambriento que estaba. ¿Quién sabía cuánto hacía desde la última vez que había probado un bocado? Empecé a correr, sin saber muy bien a donde. También empecé a delirar. Pero entre los delirios reconocí partes que debían de ser recuerdos reales. Un paracaídas. La misión. La misión se trataba de realizar una acción de espionaje en Corea del Norte. Posiblemente era yo el encargado. Alguien había propuesto en el país entrar mediante un salto con paracaídas. Como los espías son prescindibles, si no se podía salir habría que suicidarse. "El problema es que el paracaídas no se puede usar al revés", recordaba haber bromeado yo mismo, en un momento que parecía distar años, pero que quizá se había tratado de horas antes. Sí, yo era el espía. Me había lanzado en paracaídas. El problema era que los paracaídas no se podían usar al revés. Salir a pie de Corea implicaba cruzar las fronteras, pero todas estaba controladas. ¿Cómo iba a salir? Sí, recordaba que un hombre negro había hablado con unos pescadores para que me llevaran. Luego él, ¿o yo?, me había dado algo para olvidarlo todo. ¿Era posible eso? ¿Se podía causar amnesia voluntariamente a una persona? No lo tenía claro, pero suponía que sí. En cualquier caso, ¿quién era ese benefactor que me había ayudado? Lo había olvidado todo; también había olvidado el idioma coreano, pues ahora recordaba que sabía hablarlo. Sólo olvidándolo todo podría cruzar las fronteras, que estarían vigiladas por militares conocedores de la situación. Si hubiera sabido coreano, posiblemente, no hubiera salido de la tortura. Debía la vida a esa persona.
Sólo entonces caí en la cuenta. Sólo mis ropas y guantes me habían impedido saber lo obvio desde el principio. Mientras meditaba o deliraba, mis pasos me habían llevado a un pequeño pueblo, así que busqué un escaparate; lo que vi no me sorprendió. Por supuesto, vi un etíope risueño.
P.D. Lamento la trampa del título; por supuesto, el título es El etíope risueño.
Bien, bien... creía que os habíais olvidado.
ResponderEliminarYo acabaré el mío y lo publico.
Me has pillado. Estaba esperando que la zanfoña apareciera como instrumento de control de mentes o de amnesia XD
ResponderEliminarEstupendo... esto me anima a ponerme ya con el mío. Quería complicarme demasiado pero no merece la pena: con lo vago que soy bastante éxito será escribirlo.
Una cosa, cuando oye la conversación de los torturadores, ¿Se supone que es porque está empezando a recordar el coreano?
ResponderEliminarNo me había dado cuenta de que había comentarios aquí.
ResponderEliminarY respecto a lo que dices, en teoría estaban hablando en inglés, pero como quité el trozo previo no tiene mucho sentido que digan esto en inglés. Tu explicación me gusta más.