lunes, 16 de mayo de 2011
Una melodía atrevida
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martes, 8 de marzo de 2011
Zanfoña impía (Merch)
Siempre he pensado cómo empezaría una historia. Obviamente tiene que tener una gran introducción, algo que enganche al lector desde las primeras líneas. Dado mi carácter, siempre pensé que sería algo positivo y alegre, que animara sólo leerlo.
Por desgracia, ahora que me tengo que enfrentar a esto, me veo con la problemática de que todos estos acontecimientos de los que estáis a punto de ser partícipes comienzan con un final. El final de una persona. Uno de mis mejores amigos. Abenet.
No es este el principio que me esperaba para mi primera narración, pero siento que si no escribo esto ahora, no escribiré nunca nada. Y, francamente, es una idea que me aterra. Nunca me he enfrentado realmente a esto, pero siempre he fantaseado con la idea de poder crear personajes, vidas, relaciones… Todos esos componentes que el lector incorpora a sí mismo como si fueran de su propia esencia.
Pero esto son divagaciones de un novato, espero que sepas perdonar mi falta de tacto y talento.
Esta historia comienza conmigo como protagonista principal, abriendo la puerta del apartamento del ya difunto Abenet. Era un edificio realmente anodino, situado en uno de los barrios periféricos de la ciudad. Nada que lo distinguiera del resto.
Abrí la puerta y observé el piso, tan igual y tan distinto a como estaba cuando mi amigo seguía vivo. Es curioso lo que pasa con las cosas que pertenecían a un muerto, pues a pesar de aparentar seguir inmutables, les envuelve un halo de soledad. Como si realmente fueran conscientes de que han perdido algo de lo que formaban parte. O quizá sea simplemente nuestro vivo recuerdo lo que nos hace hacer partícipes de nuestro dolor a los enseres que rodeaban a alguien a quien queríamos. Permanecí unos instantes observando, sobre un mueblecito de la entrada, una foto de Abenet. Se le podía ver a él, sonriente, encima de una montaña.
Metí la mano en el bolsillo de mi gabardina y saqué el papel que el notario me había entregado. Unos garabatos en un rotulador rojo, con la inconfundible letra de Abenet. Miré el reloj. Llegaba tarde. Seguí sus indicaciones y me acerqué a su cama. Una cama sencilla, de sábanas negras con adornos rojos. Levanté el colchón y allí estaba. Un estuche de terciopelo, de color oscuro.
Lo abrí y me encontré un extraño instrumento y una carta. El artilugio constaba de un cuerpo de madera y una especie de teclas a los costados. Al final poseía una manivela, de aspecto similar a la de los molinillos de café. Ojeé la cata, cerré el estuche y salí del piso. Tenía un largo trayecto en coche, así que metí todo en el maletero y salí directo hacia la cala donde Luis y yo nos habíamos dado cita.
Éramos las dos personas que teníamos más relación con el difunto. Lo conocimos hace unos quince años, durante el instituto y hacía diez que habíamos sido casi inseparables. Ahora me da la sensación de que no sé casi nada sobre su vida anterior a que nos viéramos por primera vez.
Llegué al sitio unos quince minutos tarde respecto de la hora señalada por ambos. El coche de Luis ya se encontraba aparcado, y su figura se vislumbraba de cara al acantilado. Su ropa era sencilla, como él. El pelo, castaño y largo, le revoloteaba. Hacia mucho viento soplando en dirección al mar. Eso era bueno.
Era un risco elevado respecto el agua, algo alejado de donde vivíamos. De fondo se oía el romper de las olas contra las rocas. El suelo sobre el que nos encontrábamos estaba cubierto de unos matorrales, los cuales estaban formados por unas altas espigas de color dorado. Todo el paisaje en sí estaba lleno de una gran solemnidad. Como si todos los elementos de nuestro entorno se fusionaran con nuestra tristeza.
Abrí el maletero del coche y saqué el último recado de Abenet. Cuando Luis y yo nos saludamos, pude ver que el jarrón con las cenizas del difunto etíope estaba apoyado a sus pies. Nos quedamos un rato en silencio, cada uno recordándolo a nuestra manera. En lo que no pude dejar de pensar durante ese momento personal de recuerdo fue en la sonrisa de mi amigo. Una de esas caras amables, siempre dispuestas a poner un cariz alegre a cualquier situación.
Pasados unos minutos, decidimos empezar. Abrí el sobre y leí la carta en voz alta. Decía lo siguiente:
“Queridos amigos:
Gracias por acompañarme en este, mi último viaje. No sé si realmente esto es el principio o el final, aunque siempre supuse que sería el final.
Hemos sido casi hermanos durante más diez años, así que espero que hagáis este favor por mí. Necesito que cerréis un asunto que he pospuesto durante demasiado tiempo. Prometí sobre la tumba de alguien muy preciado para mí que guardaría el secreto de lo ocurrido, de manera que nada os puedo decir sobre lo que vais a hacer o qué representa.
El instrumento que está en el estuche es un objeto que ha causado mucho dolor y sufrimiento. Me gustaría que lo arrojarais junto a mí. Que su final sea el mío y que nadie vuelva a vernos. Y que, antes de arrojarlo, deis una vuelta a la manivela.
Que hagáis esto sin saber más es mi último deseo.
Vosotros sois lo mejor que me llevo de mi corta vida. Un último adiós y una sonrisa es lo mejor que puedo dejaros.”
Nos miramos, con una mezcla de extrañeza y tristeza. Al instante nuestros ojos se posaron sobre el estuche. Aquél extraño instrumento tenía ahora una apariencia distinta, como si nos devolviera la mirada, retándonos. La levanté, sujetándola con ambas manos.
El tacto era frío y la madera parecía ahora más oscura. Un escalofrío me recorrió la columna y sentí unas intensas ganas de alejarme de aquél repelente objeto. Luis se acercó y agarró la manivela. En su rostro se reflejaba claramente que notaba exactamente lo mismo que yo.
Tomó aire y dio una vuelta a la manivela. El sonido que brotó fue algo que jamás olvidaré. Era como un largo y punzante sollozo. Como si toda la tristeza del mundo estuviera atrapada dentro.
Luis soltó el instrumento mientras yo seguía sujetándolo y agarró la urna donde reposaba nuestro amigo. Nos acercamos al borde y arrojamos las cenizas y la zanfoña.
Aquél oscuro objeto cayó sobre las rocas, haciéndose pedazo con un ruido quedo y sordo.
Las cenizas se alejaron, llevadas por el viento, perdiéndose en el mar.
domingo, 27 de febrero de 2011
La zanfoña impía (Fernando)
Abrí los ojos y no supe dónde estaba. Peor aún, no recordaba quién era. Me erguí y vi a tres personas de rasgos asiáticos, que me miraban con cara de miedo. Vi que estábamos en una barca, y que chispeaba ligeramente. Aparentaban ser un familia: un adulto, que era quien estaba remando, su mujer y su hija. Me miré las manos y vi unos guantes; el resto de mi cuerpo estaba cubierto por un impermeable.
-¿Dónde estamos? -pregunté en inglés.
-En Corea del Norte -contestó el hombre-. Trató de seguir hablando en inglés, pero no debía de saber mucho y se pasó al coreano, así que aparte de que mencionó a un hombre negro no entendí nada más. El coreano tenía algo de familiar, pero no lo entendía, así que dejé de escuchar.
Como estaba en la proa de la barca, me giré para ver adónde estábamos yendo. Vi a lo lejos unos barcos y muchas luces. ¿Estábamos cruzando la frontera?
El tiempo que trancurrió hasta que llegamos hacia los barcos lo utilicé para tratar de recordar más datos sobre mí, aunque sin ningún efecto. Sólo conseguí recordar un paracaídas y una zanfoña, pero esas imágenes no significaban nada para mí.
En cuanto llegamos a donde estaba la guardia costera, dos hombres se lanzaron sobre mí, como si me estuvieran esperando. Un tercero se acercó y, al verme, vino también corriendo. Dejaron continuar a la familia y a mi me metieron en un camarote de uno de los barcos, atado de pies y manos.
Pronto vino otro coreano, que a todos luces era el jefe de los tres. Me preguntó algo, muy enfadado, pero no lo entendí porque hablaba en coreano. Me abofeteó varias veces. Le grité que no hablaba coreano, y de paso que no sabía por que me estaban pegando ni qué estaba haciendo en Corea.
Resumiré las horas que siguieron a eso diciendo que conocí los más selectos métodos de tortura coreanos. Cuando, pasada la insoportable agonía, se convencieron a sí mismos de que yo, en efecto, no sabía nada (lo cual no podía ser más cierto), se quedaron de pie frente a mí.
-¿En serio crees que no tiene nada que ver con la misión? -le preguntó uno de ellos al otro.
-Si supiera algo habría hablado -contestó.
-Pero, ¿cuántos como él crees que hay en toda Corea? ¿Tenemos que creernos que es casualidad que haya pasado por aquí?
El otro no parecía del todo seguro, pero pese a ello la prueba de la tortura debió de ser el argumento definitivo. Yo, desde luego, habría contado todo, si hubiera sabido cualquier cosa.
Así que me metieron en la próxima barca de pescadores que pasó por allí. Los pescadores -otra familia- acató la orden del ejército norcoreano, como es natural. Me miraron con miedo durante todo el trayecto. No quise decir nada, para no empeorar las cosas. Al final, llegamos a la costa, y me separé de ellos.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no recordaba nada? En cualquier caso, una parte de mi se alegraba de no recordar nada, pues de otro modo hubiera sufrido más rato con los torturadores. Me di cuenta en ese momento de lo hambriento que estaba. ¿Quién sabía cuánto hacía desde la última vez que había probado un bocado? Empecé a correr, sin saber muy bien a donde. También empecé a delirar. Pero entre los delirios reconocí partes que debían de ser recuerdos reales. Un paracaídas. La misión. La misión se trataba de realizar una acción de espionaje en Corea del Norte. Posiblemente era yo el encargado. Alguien había propuesto en el país entrar mediante un salto con paracaídas. Como los espías son prescindibles, si no se podía salir habría que suicidarse. "El problema es que el paracaídas no se puede usar al revés", recordaba haber bromeado yo mismo, en un momento que parecía distar años, pero que quizá se había tratado de horas antes. Sí, yo era el espía. Me había lanzado en paracaídas. El problema era que los paracaídas no se podían usar al revés. Salir a pie de Corea implicaba cruzar las fronteras, pero todas estaba controladas. ¿Cómo iba a salir? Sí, recordaba que un hombre negro había hablado con unos pescadores para que me llevaran. Luego él, ¿o yo?, me había dado algo para olvidarlo todo. ¿Era posible eso? ¿Se podía causar amnesia voluntariamente a una persona? No lo tenía claro, pero suponía que sí. En cualquier caso, ¿quién era ese benefactor que me había ayudado? Lo había olvidado todo; también había olvidado el idioma coreano, pues ahora recordaba que sabía hablarlo. Sólo olvidándolo todo podría cruzar las fronteras, que estarían vigiladas por militares conocedores de la situación. Si hubiera sabido coreano, posiblemente, no hubiera salido de la tortura. Debía la vida a esa persona.
Sólo entonces caí en la cuenta. Sólo mis ropas y guantes me habían impedido saber lo obvio desde el principio. Mientras meditaba o deliraba, mis pasos me habían llevado a un pequeño pueblo, así que busqué un escaparate; lo que vi no me sorprendió. Por supuesto, vi un etíope risueño.
P.D. Lamento la trampa del título; por supuesto, el título es El etíope risueño.